Ambos lo sospechaban. De hecho, el clima también lo había anticipado: su relación iba a terminar.
Todas las palabras se las llevó la tormenta de aquel día, el "vamos a estar juntos para siempre" se reemplazó por un lúgubre "hasta acá llegamos". Cuando no se puede tirar más de la cuerda, es maduro saber romperla. Cuando el amor se convierte en una herida que no para de sangrar decir "basta" es la mejor solución.
Se habían perdonado tantas cosas, que ya todo estaba permitido. Era un "vale todo". En vez de quererse, jugaban a lastimarse. En vez de parar, seguían respaldándose en la excusa estúpida de "no lo va a volver hacer".
Pero cesó. El sufrimiento cesó. Por fin ella pudo separar las cosas. Darse cuenta que lo que fue hermoso, fue hermoso, pero las cosas siempre cumplen un ciclo. Él es eso, pero también es todo lo otro que no ves. Una enfermedad que no va a terminar sólo con él, sino también con ella. Porque Carlos, no estaba enamorado ni de ella, ni de la otra, ni del resto. Estaba enamorado de él mismo. Y ese amor superaba todo lo otro. Estar bien él era más importante que cualquier otra cosa, buscaba placer en cualquier actividad que hiciera.
Y eso, ella no pudo soportarlo.
Y no lo soportó.
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